Presentación

Texto publicado en el catálogo "Homenaje a Ferran Ventura" editado con motivo de la exposición póstuma en la Galería Trece (Ventalló-Girona) en 1999.

La escultura ha tenido durante largo tiempo muchas dificultades para darse a conocer, cuando pretendía salir de su dedicación al monumento y al retrato. La situación ha cambiado en las últimas décadas y la escultura ha pasado de ser el pariente pobre de la pintura a tener gran auge. De él se han beneficiado, especialmente, los artistas de las nuevas tendencias, tras el abandono de los materiales tradicionales, que han sido sustituidos por otros nuevos. Las dificultades se han mantenido, si es que no han aumentado, para aquellos creadores que, figurativos o no, han seguido trabajando la piedra y el mármol, y que no han alcanzado a ser lo conocidos y reco­nocidos que algunos casos merecen.

Por ello tiene especial interés esta exposición, dedicada a la obra escultórica de un excelente artista, de larga trayectoria, que centró su producción en la de carácter monumental, aunque son muchas las realizaciones de menor tamaño que merecen nuestra atención. Producía gran impresión una obra que presentó en 1951 en el IV Salón de Octubre, titulada "Cabeza". Su fuerza, la sensación de poder expresivo, caracterizarían toda su obra posterior. Lo advertimos en las esculturas expuestas, en las que mantiene sus presupuestos iniciales, que se desarrollaron a la búsqueda de una serenidad indudablemente clásica. Podemos hablar de poso de su primera etapa, marcada por el Noucentisme. Recuerdo nuestras amistosas conversaciones -apasionadas discusiones a veces-, en que mostraba su entrega absoluta a la talla directa de la piedra o el mármol, del que era un gran experto y acaso último representante. A propósito de dicha técnica le gustaba recordar las palabras de Aristides Maillol: «Produce un profundo goce afrontar la materia, extraer poco a poco la forma, sacar partido de sus disposiciones y, a veces, hasta dejarse guiar por ella. En la talla directa, la materia está en contacto directo con el pensamiento, con la mano como único intermedio».

Su relación con el Noucentisme conviene matizarla, puesto que, más bien, se establece con las derivaciones surgidas en torno a 1917, en que se reacciona contra el movimiento auspiciado por Eugeni d'Ors, al tiempo que lo continúa. Acaso, en este sentido, quede algo de su admiración por Joan Rebull, del que fue un tiempo ayudante. La escultura de Ferran Ventura enlaza quizá más directamente con la griega clásica, aunque, a pesar de su entusiasmo por un Fidias y un Policleto, su creador preferido era Miguel Ángel, por el que tenía auténtica obsesión.

Así como se habla de «presencia escénica» para referirse a un actor teatral que, cuando entra en escena, produce la impresión de que pasa verdaderamente algo, podemos aplicarlo a un artista plástico y a su obra. la escultura de Ferran Ventura se levanta ante nosotros con una presencia poderosa. Está hecha con amor al arte, al oficio que lo hace posible, con amor también al material, y todo fundido en una sola pasión. Luego podemos hablar de fuerza que encuentra un punto de equilibrio, de lograda composición, de la solidez y carnalidad de sus figuras, de la finura de sus bajorrelieves, como el de sus desnudos a caballo, y de la manera como logra conjugar el carácter estático propio de su vocación clásica con el dinamismo de que dan muestra sus escenas taurinas.

Son admirables también los cuerpos que emergen a medias de la piedra, en un non finito con cierto sabor a los famosos esclavos de su admirado maestro. Las cabezas se ven perfectamente acabadas, pero el mar de piedra del que surgen está picado y el trabajo siguiente queda sólo insinuado, mientras la parle frontal es lisa y desnuda. Y no importa si se trata de obras inacabadas o dejadas así, tal como están, en un encuentro entre lo clásico y lo moderno. Su belleza nos basta.

J. Corredor-Matheos